UNA FAMILIA DE MONSTRUOS
Este artículo de la revista Espírita fundada por Allan Kardec, de septiembre de 1864, reflexiona sobre el caso de una campesina de los alrededores de Lutter (Francia), que acababa de dar a luz a un niño que tenía el aspecto de un mono, y que se unía a otros cuatro vástagos suyos con distintas problemáticas. Casada desde hacía doce años, y a pesar de encontrarse admirablemente sana, esta desdichada mujer no pudo dar a luz un solo niño que no sufriera enfermedades más o menos horrorosas. (1).
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ESPÍRITU Y MATERIA
Dos fuerzas se reparten el mundo: el espíritu y la materia. El espíritu tiene sus leyes, como la materia tiene las suyas. Ahora bien, dado que esas dos fuerzas reaccionan incesantemente una sobre otra, de ahí resulta que la causa de algunos fenómenos materiales radica en la acción del espíritu, y que unas no pueden ser perfectamente comprendidas si no se toman en cuenta las otras. Aparte de las leyes tangibles existe, pues, otra ley que desempeña un papel fundamental en el mundo: la que rige las relaciones entre el mundo visible y el mundo invisible. Cuando la ciencia reconozca la existencia de esa ley, encontrará la solución de una infinidad de problemas con los que se enfrenta inútilmente.
Las monstruosidades, como todas las enfermedades congénitas, sin duda tienen una causa fisiológica, que compete a la ciencia material; no obstante, en el supuesto de que esta llegue a descubrir el secreto de esos desvíos de la naturaleza, siempre quedará el problema de la causa primera, y la conciliación del hecho con la justicia de Dios. Si bien la ciencia afirma que eso no le incumbe, la religión no puede decir lo mismo.
CIENCIA Y RELIGIÓN
Cuando la ciencia demuestra la existencia de un hecho, la religión tiene el deber de buscar en ese hecho la prueba de la soberana Sabiduría.

¿Ha sondeado alguna vez, desde el punto de vista de la divina equidad, el misterio de esas existencias anómalas, de esas fatalidades que parecen perseguir a algunas familias, sin causas actuales conocidas? No, porque siente su impotencia y se asusta ante esas cuestiones temibles para sus dogmas absolutos. Hasta ahora, el hecho se aceptaba sin ir más lejos; pero en la actualidad se piensa, se reflexiona, se quiere saber; se interroga a la ciencia, que busca en las fibras y hace silencio; se interroga a la religión, que responde: ¡Misterio impenetrable!
EL ESPIRITISMO REVELA LOS MISTERIOS
¡Pues bien! El espiritismo viene a revelar ese misterio y a poner en evidencia la resplandeciente justicia de Dios. Demuestra que esas almas, desheredadas desde que nacieron en este mundo, ya han vivido, y que expían en cuerpos deformes sus faltas del pasado. La observación así lo demuestra, y la razón lo afirma, porque no se podría admitir que sean castigadas al salir de las manos del Creador, sin haber hecho nada.
Esto puede aceptarse –nos dirán– en el caso del ser que ha nacido así; pero ¿qué ocurre con los padres, con esa madre que solo da a luz seres desgraciados, que es privada de la alegría de tener al menos un hijo que la honre, y que ella pueda mostrar con orgullo? El espiritismo responde: justicia de Dios, expiación, prueba para su ternura maternal, porque es una prueba inmensa ver alrededor suyo pequeños monstruos en vez de niños adorables. Y agrega: no existe una sola infracción a las leyes de Dios de la que tarde o temprano no resulten funestas consecuencias, en la Tierra o en el mundo de los Espíritus, en esta vida o en una vida futura.
LAS CONSECUENCIAS DEL PASADO

Por esa misma razón, no existe una sola vicisitud de la vida que no sea la consecuencia y el castigo de una falta pasada, y así será mientras el culpable no se arrepienta, expíe y repare el mal que haya hecho; regresa a la Tierra para expiar y reparar; de él depende mejorar bastante aquí para no volver más como condenado.
A menudo, para castigar a otros, Dios se vale del que es castigado. Así, los Espíritus de esos niños, que por castigo debieron encarnar en cuerpos deformes, sin que lo sepan son instrumentos de expiación para la madre que les ha dado la vida. Esta justicia distributiva, que se corresponde con la duración del mal, es mejor que la de las penas eternas, irremisibles, que obstruyen para siempre el camino del arrepentimiento y la reparación.
MENSAJE ESPIRITUAL
Una vez leído este caso en la Sociedad espírita de París, como tema de estudio filosófico, un Espíritu brindó la siguiente explicación:
Si pudierais ver los resortes ocultos que mueven vuestro mundo, comprenderíais de qué modo todo se encadena, desde las cosas más pequeñas hasta las mas grandes…
«Si pudierais ver los resortes ocultos que mueven vuestro mundo, comprenderíais de qué modo todo se encadena, desde las cosas más pequeñas hasta las más grandes; comprenderíais sobre todo el vínculo íntimo que existe entre el mundo físico y el mundo moral, esa gran ley de la naturaleza; veríais la multitud de inteligencias que presiden todos los hechos y los utilizan para que sirvan al cumplimiento de los designios de Dios.

Imaginaos por un momento frente a una colmena cuyas abejas fueran invisibles: os asombraría ver el trabajo que en ella se realiza a diario, y tal vez exclamaríais: “¡Singular efecto del azar!” ¡Pues bien! En realidad, estaríais en presencia de un inmenso taller conducido por innumerables legiones de obreros, invisibles para vosotros, algunos de los cuales no son sino peones que obedecen y ejecutan, mientras que otros comandan y dirigen, cada uno en su campo de actividad, proporcional a su desarrollo y a su adelanto, y así gradualmente hasta la voluntad suprema que lo impulsa todo.
De ese modo se explica la acción de la Divinidad hasta en los detalles más ínfimos. Al igual que los soberanos temporarios, Dios tiene sus ministros, y estos tienen agentes subalternos, mecanismos secundarios del gran gobierno del universo.
Si, en un país bien administrado, hasta el último caserío siente los efectos de la sabiduría y la solicitud del jefe de Estado; ¡Cuánto más habrá de extenderse la sabiduría infinita del Altísimo hasta los más pequeños detalles de la Creación!».
Un Espíritu Protector. (Sociedad de París, 29 de julio de 1864).
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(1) Redacción.
«UNA FAMILIA DE MONSTRUOS». Revista Espírita de septiembre de 1864. Año VII. Número 9.
Imagen portada: StockSnap.



La sabiduria, la bondad, la justicia y la misericordia del Padre Creador son infinitas.