¡CUIDADO CON LOS ÍDOLOS!
“Os valéis de esta bendita oportunidad para reiterar antiguas experiencias de incomprensible idolatría.
Convertís a compañeros de buena voluntad, pero tan necesitados de renovación y de luz como vosotros mismos, en oráculos erguidos sobre pedestales de barro frágil.
Creáis semidioses y consumís el incienso de interminables referencias personales, creando complejos problemas que reducen vuestra capacidad de trabajo, olvidándoos que también vosotros sois portadores de simientes divinas.
Corporificáis al ídolo en el altar de vuestras mentes infundiéndole una vida fugaz, e indiferentes al glorioso destino que el universo os reserva, preferís el menor esfuerzo que os encarcela en el automatismo y en las recapitulaciones.
Si el ídolo no responde a vuestras expectativas, alimentáis la discordia, la irritación y la exigencia; si falla después de haber comenzado el camino hacia el conocimiento superior, os sentís desorientados.
Si cae del pedestal de cera, experimentáis el frío pavor de lo desconocido, por descuido en vuestra propia renovación…
[…] Comprendiendo nuestras dificultades mentales en la conquista de la vida eterna, la voluntad del Supremo Señor colocó en los pórticos de la antigua legislación, el “No tendrás dioses ajenos delante de mí”; (Éxodo, 20:3).
El Padre conoce nuestros vicios milenarios en materia de preferencias afectivas, y de esa manera prevenía a nuestros Espíritus contra las falsas divinidades.

[…] ¿Qué sería de nosotros si Jesús estuviera en continua convivencia con nuestras organizaciones y necesidades?
Tal vez no seríamos más que maravillosas flores de invernadero, porque dejaríamos de atender a lo esencial de nuestra existencia.
Por exceso de consultas y abuso de confianza no desarrollaríamos nuestra capacidad de administrar, o de obedecer. Carentes de méritos propios, deambularíamos de región en región en compactos rebaños de ineptos buscando el Oráculo Divino.
Quizá, por eso, el Sabio Maestro limitó al máximo el tiempo de su apostolado personal y directo, y, en pocos días, nos legó un esbozo de trabajos dignificantes para muchos siglos.
De esa manera nos dio a entender que el hombre es la columna sagrada del reino de Dios; que el corazón de cada individuo está destinado a iluminarse como un santuario de la divinidad, para reflejar su grandeza augusta y compasiva.
No os olvidéis, mis amigos, que todos nosotros, individualmente, somos los dichosos herederos de la sabiduría y de la luz”.
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(Extracto del mensaje de la Mentora espiritual Zenóbia; del libro: Obreros de la Vida Eterna. Capítulo 19. Por el Espíritu de André Luiz. Psicografiado por Francisco Cándido Xavier).
Imagen portada: Claudio-Duart-Designer.


